En año del Bicentenario de México, quiero contarte sobre la vida de uno de los hombres valientes que vivió de modo heroico defendiendo la verdad.
Este hombre heroico se llamaba José María Cázares, hoy siervo de Dios. Como tú recordarás, José María nació hace muchos años, en 1832, en La Piedad, Michoacán; era la alegría de sus padres y como todo niño tenía su deporte favorito: la equitación. Su pasatiempo preferido era la lectura.
Así pasó el tiempo hasta que un buen día su papá le preguntó:
-¿José María qué quieres ser de grande?. Don Ignacio pensaría que su hijo le diría: “yo quiero ser comerciante como tú”, pero no, José María le respondió:
-Papá, a mí me gustaría ser abogado para defender a los pobres.
-¡Pero, hijo… tal vez con el tiempo puedas cambiar de opinión! Bueno, sólo tienes 13 años… dejemos que Dios te ilumine y tu mamá desde el cielo te acompañe… yo deseo lo mejor para ti.
Los días trascurrieron y aquel sueño se fue haciendo realidad, hasta que se tituló como abogado y se inscribió en el Colegio de Abogados de México. ¿Y qué crees? Como le gustó tanto su carrera decidió viajar a la Capital para Doctorarse en Derecho canónico. Al final de sus estudios no faltaron las invitaciones de sus amigos y maestros, a quedarse en México, sin embargo, él prefirió regresar a su terruño querido, La Piedad.
¡Imagínate el gustazo de su familia! Seguramente hicieron sopa y mole para darle la bienvenida, pues era muy querido por todos. ¿Crees que las muchachas se quedarían muy tranquilitas? Pues no, ya que José María era soltero y un buen partido.
Después de los festejos, José María pronto buscó una oficina para atender a las personas. Se iba muy temprano a Misa y después a su despacho a escuchar, con la misma atención los problemas de los pobres como de los ricos. Mucha gente encontró solución a sus problemas gracias a su prudencia y sabios consejos.
¡Malos tiempos!, así se decía por todas partes. Por ese entonces, nuestro país era gobernado por el Emperador Maximiliano, quien luchaba en contra de guerrillas y con el fin de controlar la situación escribió una ley, llamada del “3 de octubre” o “Ley Marcial”, esta ley iba en contra de los opositores al Imperio. Por este dictamen fueron fusiladas muchas personas inocentes sin posibilidad de que nadie les defendiera, pues la misma ley prohibía la defensa. Te has de imaginar… ¿quién se atrevería a decir la verdad sabiendo que moriría?
José Ma. Cázares, confiando mucho en Dios, se sintió impulsado a proteger al siguiente grupo de personas que injustamente aprisionaron allí en La Piedad; así lo comentó a sus amigos sin pensar que ese día llegaría muy pronto.
-¡Ya los cogieron! ¡son inocentes!
-¡Son unos campesinos!
-¡Pobrecitos!, ¡ahí vienen sus esposas y sus hijos!
José Ma. escuchó la noticia y, aunque su corazón palpitaba muy fuerte, supo que esta ante la oportunidad de gritar la verdad, de pedir que se anulara esa ley injusta que iba en contra de la vida, de la Patria y de los derechos humanos.
-¡Señor Licenciado, su vida está en peligro! ¡no se exponga! ¡no vaya!
De muchos modos querían convencerlo pero él estaba decidido y dispuesto a todo.
-¡Tengo puesta mi confianza en Dios!
A los pocos minutos de presentarse ante la autoridad, las rejas se cerraron también para él, como a todo prisionero.
-¡Un preso más! ¡Queda usted detenido!. Y en aquella soledad, José Ma. se dirigió a Dios y escribió la defensa que más tarde pronunciaría delante del tribunal. Las horas pasaban y todos esperaban de regreso a un el alegato que el abogado Cázares había hecho en defensa de los inocentes y junto con esto la solicitud del indulto para el licenciado y sus defensos. Todo quedó envuelto en silencio… pero la verdad gritó más fuerte que ninguna otra voz y el jinete entregó al capitán un documento firmado donde le mismo Emperador, dejó en libertad tanto al licenciado Cázares como a los campesinos inocentes. Por esta defensa se le conoció al abogado Cázares como un patriota y un defensor de la paz.
¡Admirable! ¿verdad? Tiempo después, como un verdadero héroe de la nación, pronunció un discurso el 15 de septiembre de 1866. Ojalá no olvides estas palabras que dijo:
Les he confiado lo que pienso, con toda la franqueza de mi alma, porque he creído que son mis verdaderos y fieles amigos; porque la verdad nunca hace daño ni a los que la dicen ni a los que la escuchan y porque la misión del orador ha sido y será siempre DECIR LA VERDAD, DEFENDER LA VERDAD , PERSUADIR LA VERDAD Y MORIR POR LA VERDAD SI NECESARIO FUERA.
Quizá hoy tú te puedas preguntar: ¿qué fue lo que más te llamó la atención de esta historia?… ¿qué estarías dispuesto a hacer tú para defender la verdad»

