JESÚS,  EL VERDADERO AMIGO EN QUIEN CREEMOS, ESPERAMOS Y A QUIEN  QUEREMOS AMAR

Creer es esperar en alguien que me ama, y ese Alguien es Cristo  que me llama a la vida, a la plenitud, a través de su Iglesia en donde está presente y actúa  por su Espíritu en la transformación de sus miembros que la conformamos.

Nuestro movimiento de amigos de Dios ha querido entrar en la dinámica de la espiritualidad del Señor Cázares, hombre que respondió al llamado de Dios para servir a su Iglesia y desde ella sembrar en su pueblo la semilla de la vida con la esperanza y la confianza puesta solamente en el único que la hace crecer, Dios.

Tomando un poco el nexo con nuestros encuentros pasados, recordemos que toda  espiritualidad  cristiana parte de la experiencia que se tiene de Dios en Cristo, de donde surge la relación del ser humano con su Dios y de ésta brotan sus otras relaciones: con el hermano, consigo mismo y con el mundo que le rodea.

A través de nuestro proceso de vida cristiana, que es proceso de fe, nos vamos dando cuenta que sólo creer en Dios  no hace ser  cristiano sino que un cristiano es alguien que ha descubierto al Dios bíblico, es decir  al Dios de Abraham, de Moisés, de los Profetas, que se reveló en plenitud en Jesús.

En la experiencia de Abraham, Dios se reveló como un Dios histórico que interviene en la vida de los hombres para comprometerse con ellos y formar un pueblo a quien le es fiel a sus promesas. Es un Dios en el cual el hombre ha de poner su esperanza, confía y cree absolutamente como se ve en Abraham (Gen 12).

Este Dios fiel a sus promesas se reveló a Moisés en una nueva faceta, lo llamó de en medio de la zarza que ardía sin consumirse, se le reveló como el Dios de sus padres: Abraham, Isaac y Josué. Moisés lo descubre como un Dios preocupado por el sufrimiento y la opresión de su pueblo, un Dios liberador (Ex 3). El Dios cristiano es liberador de los oprimidos, es un Dios de esperanza de los pobres.

La experiencia de los profetas es la de percibir a un Dios que está siempre en peligro de ser reemplazado por los ídolos que el hombre con facilidad se hace; ellos ante esta realidad no hacen otra cosa que anunciar al verdadero Dios y traerlo a la memoria del pueblo, denunciando toda clase de idolatrías que deforman al verdadero Dios e invitan a la conversión. Los profetas revelan otro rasgo que sorprende del rostro del Dios de la Biblia: convertirse a Él es convertirse al hermano. Es practicar la caridad, la justicia y la misericordia (Is 58).

El último profeta, Juan Bautista, nos revela como central lo que los profetas anteriores ya habían adelantado, que no se puede ir al verdadero Dios, ni siquiera comprenderlo, sin cambiar la vida y el corazón. Dios sale siempre a nuestro encuentro, y se halla en la medida que se le busca a partir de una conversión y erradicación de los dioses que lo reemplazan en la vida de los hombres. Convertirse a Él y convertirse al hermano son la misma cosa (Lc 3,10ss).

Aparece la máxima manifestación y definitiva plenitud de Dios  en Jesús: “Apareció la benignidad y la humanidad de Dios nuestro salvador” (Tit 2,11). Jesús recapitula todos los rasgos del Dios bíblico desde Abraham hasta los profetas. Jesús hace a  Dios asequible y experimentable  al hombre, toma cualidades humanas, se hace historia; el Dios de los pobres se hace pobre, el Dios de la justicia es víctima de la injusticia,  el Dios de la Promesa da su vida para cumplirla, el Dios de la Esperanza nos da para siempre seguridad porque Él ha vencido al mundo.

La esencia de Dios revelada por Jesús es Amor y es un amor sin límites, es lo propio de Dios que se nos ha manifestado en Jesús. Juan nos dice: “Dios es amor” (I Jn 4,8). Porque es amor se compromete con su pueblo, porque es amor es fiel a sus promesas, porque es amor es justicia y liberación de los pobres, porque es amor es solidario con la historia humana hasta el sacrificio de la cruz, prueba del verdadero amor.

Este es el Dios revelado en Jesús en quien el Señor Cázares creyó, a quien siguió  y en quien esperó la salvación de su pueblo a través de la Iglesia en donde encontró la esencia de la salvación que él buscaba para su  pueblo: la vida de Cristo que la habita, la verdad del Evangelio que transforma y la gracia victoriosa de su Pascua. Estos elementos son como la savia de donde le viene la vida y de donde brotan los frutos del amor, la justicia y la paz que hacen posible una vida en fraternidad donde nos experimentemos hijos de un mismo Padre y hermanos entre sí en la convivencia y en el compartir lo que somos y tenemos.

El Señor Cázares aparece como un don dado a su Iglesia para sembrar en la esperanza la semilla del Evangelio, buscando  incansablemente el crecimiento de sus miembros como amigos de Dios. Toca a nosotros que formamos esta Iglesia trabajar por acrecentar sin término el número de sus  amigos comunicando al mundo el verdadero Dios revelado en Jesús que nos ofrece siempre su amistad.

En nuestro Encuentro “Amigos de Dios” el Señor quiere manifestarnos su rostro que nos lleve a conocer realmente cómo es Él a través de Jesús y para ello no hay nada más auténtico que ir a las Bienaventuranzas que él mismo pronunció y dirigió a sus discípulos que le seguían y escuchaban sus enseñanzas. En las bienaventuranzas encontramos el núcleo esencial del Evangelio que fielmente nos traduce la Iglesia y donde nos descubre  el verdadero sentido del Reino de Dios.
 
Hoy nos habla Jesús como el Amigo que nos quiere comunicar sus secretos:“Desde ahora los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre”. Este secreto son las Bienaventuranzas, actitudes que pide a sus amigos y a quienes les ofrece la única y auténtica felicidad. Realmente este camino es difícil  porque como seres humanos nos cuesta mucho vencer nuestro egoísmo, nuestras envidias, orgullos, nuestra tendencia a juzgar, etc; pero al mismo tiempo es fácil porque en este proyecto no estamos solos, pues Aquél que amó hasta el extremo nos lleva de la mano y Él es quien nos ha dicho que pidamos que venga a nosotros su Reino y ha ofrecido quedarse junto a nosotros para enseñarnos a vivir en él y a construirlo.

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