La prueba de fe en el Sr. Cázares y Martínez

Una fe con raíces profundas es sólida, una de raíces superficiales es frágil.

La prueba.
Momento principal, es la diferencia entre personas, con ella descubrimos a través de la prueba cuánta es nuestra fe. Y la fe es aceptar a Dios en nuestras vidas totalmente, es someternos a él nuestra mente, nuestro corazón, nuestra persona entera, es creer en lo que se ha revelado a través de Jesucristo su Hijo y una manera de demostrarlo es la obediencia a su Palabra, mandamientos. Es creer totalmente en Dios como Padre que gobierna toda esta creación, aún con desastres naturales, guerras e injusticias de este mundo que no son creadas por El sino por la libertad que Dios da a sus criaturas. Es creer que Jesucristo nos perdona a pesar de que seamos los más detestables pecadores, es creer que el Espíritu Santo es el Señor y el dador de la vida, aunque haya muchos signos y culturas de muerte en nuestros días. Creer en el amor de Dios me vaya bien o me vaya mal.

El Obispado de José Ma. Cázares transcurrió al igual que el gobierno de Porfirio Díaz 1878 a 1909, diócesis enorme con casi 30,000 kilómetros la cual recorrió totalmente con grandes adversidades climáticas, enfermedades y problemas sociales. Fue él un buen pastor conocía hasta el último rincón de su diócesis, fue un estratega de guerra por decirlo así, era meticuloso al presentarse en cada una de las localidades que la Iglesia le encomendó, principalmente su preocupación estaba en  los pobres, menesterosos, niños, la mujer y los enfermos, formando, catequizando, construyendo asilos, escuelas, hospitales con gran tesón, desde antes que el sol diera al día sus primeros rayos hasta el asomo de las estrellas, las jornadas eran exhaustas lo cual mino considerablemente la salud de nuestro obispo, hasta caer enfermo (1897 primera caída), pero el pueblo se postro ante la imagen venerada del Sr. de los Milagros en San Juan Nuevo, con lagrimas la gente pedía “no te lleves a nuestro padre”, por lo que Dios agregó más días a su vida, sin embargo el Sr. Cázares quedó muy débil.

En 1902 estando en Patamban él vio una gran luz que lo deslumbró. A partir de esto él quedo en silencio por una crisis que tuvo a consecuencia que tuvo por haber contraído anteriormente en una de sus visitas pastorales, fiebres altísimas que lo hacían delirar por lo que se lo llevaron a Jacona donde 18 mese lucho con la muerte. Durante este tiempo sus sacerdotes lo visitaban y le decían “porque nos dejas padre querido” a lo que el contestaba “si aún le soy necesario a mi pueblo no rehúso de trabajo”.

El ya no era el mismo de antes, robusto, alto, de mente brillante y una de las glorias del Episcopado Mexicano. Su estatura se redujo notablemente debido a las deshidrataciones que les producían las fiebres, desprovisto de toda fuerza.

Con todo esto comienza la verdadera prueba, con un obispo coadjutor (Pro. José de Jesús Fernández) y después de los 18 meses ya repuesto, admite el cambio con toda tranquilidad y obediencia. Hubo quienes los cuestionaban para tratar de probarlo, por lo que el Sr. Cázares contestaba con voz tranquila y coherente, con claridad calibrado por la sabiduría, con toda humildad admitía su cambio.

No se sabe pero al poco tiempo el Sr. Cázares fue despojado de sus bienes, biblioteca, muebles, su casa, su anillo, su pectoral que era todo muy sencillo y no dijo ni una sola palabra. Jesús dijo “si se llevan un manto denles también la túnica. Aun más fue calumniado.

José Ma. Cázares fue un discípulo fiel de nuestro Señor Jesucristo, reverenció su Pasión santísima,  “Señor haz que te ame más y más… y dame más amor para quererte”. El Sr. Cázares meditaba mucho la Pasión de Jesús.

La manera en como afrontó su enfermedad o prueba el Sr. Cázares se resume en el elogio fúnebre:

“También fue admirable su fortaleza en las largas enfermedades y es casi increíble y digna de admiración su resistencia y su espíritu inquebrantable, desde hace siete años (1902-1909 en que murió) llevó una penosa vida agobiada por una prolongada y dolorosísima enfermedad. Entrando ya en la vejez cobró renovado ánimo que no había sido quebrantado con las preocupaciones y desvelos, con toda integridad cumplió los deberes inherentes al oficio episcopal hasta el último día de su vida, paciente en medio del trabajo, siempre soporto con ánimo sereno los dolores de su enfermedad más allá de lo que se puede creer y jamás se oyó una sola queja de su boca”.

Sin duda una vida ofrendada a Dios.

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