Tomar, dar gracia, bendecir, partir y entregar
La Última Cena es la historia del riesgo del amor, Jesús murió porque amó. Es difícil imaginar una celebración del amor más realista que ésta, no tuvo nada de romántica, fue un momento de crisis inevitable en el amor de Jesús por sus discípulos; les dice sencilla y llanamente que es el final, que uno lo traicionará, otro lo negará y los demás huirán. Fijémonos en el contraste entre la comunión profunda de Jesús que lo lleva a la donación total y por otro lado en la debilidad y falta de perseverancia de sus amigos-discípulos.
Jesús pronuncia una bendición sobre el pan y una oración de acción de gracias sobre el cáliz. Con el pan en sus manos Jesús dice tomen, y aunque no lo dice expresamente se entiende que lo mismo dice para el vino. Del cáliz bebieron todos y se entiende que también todos comieron del pan; esto significa que los discípulos participaron, de alguna forma, en las acciones de Jesús. Cuando Jesús bendice y parte el pan, dice: Esto es mi cuerpo, está usando el pan como símbolo profundo de Él mismo que se ofrece para ser entregado, torturado, despedazado… Al poner el pan en manos de sus amigos-discípulos les está diciendo que muere por ellos.
Profundicemos el sentido de las palabras que Jesús pronuncia después de cada uno de los gestos con el pan y el vino respectivamente, y en la conclusión de toda la escena:
Durante la cena, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió, lo dio a sus discípulos y dijo: tomen, esto es mi cuerpo. Tomó luego un cáliz, pronunció la acción de gracias, lo dio a sus discípulos y bebieron todos de él y les dijo: ésta es mi sangre, la sangre de la Alianza derramada por muchos. (Mc 14, 22-24)
Jesús forma el corazón de sus amigos no sólo con palabras sino también con acciones y gestos significativos: toma, agradece, bendice, parte y da.
Tomar: Jesús toma el pan, toma la traición, el fracaso del amor y lo transforma en un momento de donación: Me entrego a ustedes. Ustedes me entregarán a la muerte, pero yo hago de este momento un momento de don, ahora y siempre. En lugar de tomar el control sobre sus amigos, se entrega a sí mismo por ellos para que hagan con Él lo que quieran. Es la vulnerabilidad del amor verdadero, tomó el momento presente y, en lugar de inquietarse por lo que Judas había hecho o por lo que los soldados iban a hacer, vivió el ahora: tomó el pan, lo partió y lo entregó. “Tomar” indica la resolución con la que Jesús va voluntariamente a la Pasión.
Agradecer: Jesús, habiendo tomado el pan elevó su acción de gracias. En el momento en que Cristo prepara su entrega agradece y alaba al Padre por nosotros. El agradecimiento es la actitud central que recordamos con la palabra: Eucaristía, que significa “acción de gracias”. Es el reconocimiento agradecido de Cristo al Padre que, para el beneficio de toda la humanidad, entrega a su Hijo Jesucristo e instituye el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con el cual va a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz (cf. SC #47).
Bendecir: Cristo, al bendecir el pan y el vino, se está ofreciendo a sí mismo. La ofrenda de su vida es una ofrenda perfecta: «Santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos» (Hb 7, 26).
Su ofrenda es la mayor bendición a toda la humanidad; con ella el Señor ha instaurado una Nueva Alianza, celebrada por la Nueva Pascua, en su sangre, gracias a la cual Jesús es «capaz de salvar, para siempre, a los que por su medio se acercan a Dios, ya que vive eternamente para interceder por nosotros. Así, es el Sumo Sacerdote que nos convenía… que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos sumos sacerdotes y luego por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo» (Hb 7, 25-27).
Cristo, al bendecir, participa a Dios y le hace partícipe de la entrega redentora, que es entrega de salvación. Relación intencionada entre Dios y el hombre. Invitar a Dios y abrirle la puerta para que Él entre.
Partir: En el pan se hace visible su entrega total y sacrificial. Con la entrega de su cuerpo simboliza la ofrenda íntegra de toda su persona por nosotros. Al partir el pan está significando el derramamiento de su sangre, por la cual se llega a la consumación de la Alianza nueva y eterna: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros» (Lc 22, 20).
Dar: El Señor Jesús, en aquella noche de amor, dio a comer de su mismo cuerpo y de su misma sangre: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6, 55). En cada Eucaristía nos sigue ofreciendo de su misma vida divina: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne y la daré para vida del mundo … Si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no viven de verdad” (Jn. 6, 51-55). Jesús se dona a sí mismo.
En cada Eucaristía recibimos el mandato: Hagan esto en memoria mía. Se trata no sólo de recordar o repetir ritos, sino de hacer lo mismo que Él hizo y por lo que Él lo hizo: ser personas eucarísticas, cuerpo entregado, sangre derramada; esto es Vivir y hacer presente el amor de Dios.
Los amigos de Dios estamos llamados a celebrar la Eucaristía desde su sentido más profundo, el del amor del Padre que se nos entrega diariamente en su Hijo y nos invita a ser lo mismo que Él: cuerpo entregado y sangre derramada. ¿CÓMO?
Tomar significa asumir el momento presente, asir con nuestras manos lo cotidiano, nuestra realidad humana limitada, pobre y pecadora. Esta realidad, al ser presentada al Señor, será transformada por Cristo para convertirse así en pan para los demás.
Bendecir: Bendigo al Señor por la vida que me ofrece, vivo agradecido y me convierto en bendición para los demás. Percibir el amor de Dios en mi vida, me da la capacidad de ver y juzgar las situaciones ordinarias o difíciles desde la fe, con esperanza, por eso no me desaliento, sino que confío totalmente en la Providencia y misericordia de Dios; vivir desde esta visión, me hace persona sencilla, humilde, alegre, ecuánime, pobre, porque todo lo recibo y todo lo doy. Seré bendición cuando mi vida hable del amor de Dios que yo mismo he recibido del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Partir: El pan que he recibido como don, lo parto y lo comparto a cada persona de acuerdo a su individualidad, a su situación, como lo hacía Jesús, que se adaptaba a sus oyentes para que todos comprendieran su mensaje. Partir el pan con los demás es abrirme al amor verdadero, no replegarme en pequeños mundos; es ensanchar el espacio para que Dios habite en cada persona y reconocer en cada historia concreta podemos encontrar un destello del misterio total del amor, que es Dios.
Dar: Después de partir viene el compartir, es darme a la manera de Jesús; esto implica perdonar (donarme), darme, entregarme como persona, aceptar no ser reconocido, pasar desapercibido, no ser entendido y hasta mal interpretado; y lo asumiré con serenidad, porque mi único deseo es buscar en todo la VIDA de mis hermanos. Celebrar la Eucaristía en lo cotidiano de mi vida, me hará realmente un Amigo de Dios, que vive en comunión permanente con Él y que con su testimonio de vida contribuye al aumento del número de sus Amigos.
Con el fin de adentrarnos en este proceso que nos asemeja más a Jesús, deseamos vivenciar el sentido profundo de la Eucaristía, propiciando un espacio favorable a esta experiencia.








